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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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Perseguido y victorioso 



Abril 26 Agustín Cruz es un agricultor y obrero laico que vive 
en el estado de Oaxaca, México. 




México 



[Pida a un adulto que presente este relato 
en primera persona] 

Ahórquenlos! ¡Cuelguen a los here- 
jes!», gritó la airada turba. 

Observé al grupo; eran mis vecinos y 
amigos. ¿Cómo pueden comportarse de 
este modo?, pensé mientras las rudas 
manos de algunos me llevaban a empujo- 
nes hacia la horca improvisada. Mi veci- 
no se tambaleó hacia mí. Alguien deslizó 
sogas por encima de nuestras cabezas, y 
otro gritó: «Ahora, ¿te arrepentirás y 
regresarás a la iglesia del pueblo?» 

— ¡No! — respondí, y sentí que la soga 
me apretaba el cuello. 

Oré por mi esposa, que había queda- 
do sola en casa; por mi vecino, que se 
hallaba de pie junto a mí; y por los 
demás, que habían escuchado mi testi- 
monio y querían seguir a Jesús. 

Un viaje de fe 

Mi viaje de fe había comenzado varios 
meses atrás mientras viajaba en autobús 
por el sur del país. El hombre que ocu- 
paba el asiento del lado me habló de 
Dios y la Biblia. Percibió mi interés y me 
sugirió que comprara una Biblia para 
que la pudiera leer personalmente. Y así 
lo hice. Para cuando volví a mi aldea, 
estaba ansioso de compartir con otras 
personas mi fe creciente. 

El hombre que conocí en el autobús 
me invitó para que visitara su iglesia, 
donde los feligreses adoraban en sábado. 



no en domingo. Así que el sábado mi 
esposa y yo caminamos dos horas hasta 
el pueblo siguiente, donde había una 
iglesia adventista. Quedamos encantados 
con las reuniones y decidimos volver el 
sábado siguiente. Antes de regresar a 
casa, los hermanos me regalaron ocho 
Biblias para estudiar con la gente de mi 
aldea. 

Esa misma semana repartí las Biblias 
entre mis amigos y les conté de las mara- 
villas que Dios había hecho en mi vida. 
Luego los invité a leer la Biblia conmigo. 
El sábado siguiente dos familias — cator- 
ce personas entre adultos y niños — 
caminamos hasta la iglesia adventista del 
pueblo vecino. 

Uno de los dirigentes laicos de la igle- 
sia me ofreció venir a mi casa para estu- 
diar la Biblia con nosotros y no tuviéra- 
mos que caminar tan lejos para hacerlo. 
Aceptamos su ofrecimiento con alegría, 
porque de ese modo más personas podrí- 
an escuchar este maravilloso mensaje. 
Invité a toda la gente para que vinieran a 
tener el culto en mi casa. Pronto el grupo 
alcanzó a reunir quince personas. ¡Mi 
casa estaba repleta! 

Problemas en el pueblo 

Los dirigentes del pueblo oyeron 
hablar del grupo que se reunía en mi casa 
para estudiar la Biblia, y se molestaron. 
Nos acusaron de causar problemas en la 
aldea. Visitamos a las autoridades y les 



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explicamos lo que hacíamos, pero ellos 
rehusaron detener las amenazas. Al día 
siguiente el alcalde convocó una asam- 
blea de todo el pueblo. Cuando llegamos 
al lugar nos encontramos con una turba 
furiosa. 

«¡Arréstenlos!», exclamaron. Los obre- 
ros laicos fueron expulsados de la aldea. 
A dos de nosotros nos dijeron que nos 
ahorcarían si no renunciábamos a nues- 
tra fe. Nos negamos a hacerlo, y ataron 
cuerdas alrededor de nuestros cuellos. 
Oré por mi familia y por los nuevos cre- 
yentes mientras apretaban los nudos. 

De pronto los aldeanos cortaron las 
cuerdas que nos ataban. Dejaron libre a 
mi amigo, pero a mí me golpearon y me 
ordenaron que le orara a un santo. Yo 
rehusé hacerlo y alguien volvió a golpe- 
arme. Luego el populacho me llevó 
delante de las autoridades del pueblo 
quienes volvieron a interrogarme. 
Rechacé negar a Cristo y poco después 
me dejaron libre. 

Escapada nocturna 

Mientras me apresuraba por llegar a 
casa, varios aldeanos me siguieron arma- 
dos de machetes. Estaban decididos a 
matarme. Me escondí detrás de los 
matorrales y luego corrí hasta llegar a 
casa, donde me esperaban los dos obre- 
ros laicos. 

— ^Vengan a vivir con nosotros en 
nuestra aldea mientras hacemos los arre- 
glos necesarios con las autoridades — 
nos aconsejaron. 

Juntamos algo de ropa, reunimos 
nuestros animales y nos escapamos al 
abrigo de la noche hasta llegar al pueblo 
vecino. Allí nos recibieron bondadosa- 



mente puesto que casi la mitad de los 
habitantes son adventistas. La gente nos 
acomodó en una casa mientras esperába- 
mos que los dirigentes de la iglesia arre- 
glaran las cosas con las autoridades de 
nuestro pueblo. 

Asistíamos a la iglesia varias veces por 
semana y aprendimos muchísimo de 
Dios y la Biblia. Poco tiempo después 
mi esposa y yo fuimos bautizados. 

La mano de Dios gobierna 

Por fin los dirigentes de la iglesia llega- 
ron a un acuerdo con las autoridades de 
nuestro municipio. Pudimos regresar a 
casa con libertad para adorar a Dios y 
compartir nuestra fe con los demás. En 
poco tiempo nuestro grupo superó la 
capacidad de nuestra casita. Las autori- 
dades del pueblo nos dieron un terreno 
donde edificar una iglesia, y los dirigen- 
tes de la asociación nos proveyeron los 
bloques de cemento para levantarla. 
Continuamos compartiendo nuestra fe, 
y cuando terminamos la construcción de 
la iglesia ya habíamos alcanzado ochenta 
miembros. 

Seguimos predicando el evangelio, y 
tres años más tarde la iglesia contaba con 
una feligresía de 200 miembros. Y 
actualmente, en esta región con una 
población de alrededor de 2.000 habi- 
tantes, ya tenemos 300 miembros de 
iglesia y 900 personas que asisten a la 
Escuela Sabática. 

Alabado sea Dios por transformar una 
planeada ejecución en la horca, en un 
grandioso servicio de alabanza al Señor 
por su amor y su misericordia. El siem- 
pre está con nosotros y nos da todas las 
cosas mediante Cristo que nos fortalece. 



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